TellAria

El Telegrafista de Manila

El mensaje no era para él. No debería haberlo leído. Pero ya lo ha leído, y ahora sabe demasiado para quedarse quieto y demasiado poco para actuar con certeza.

Beginning

El telégrafo no conoce de banderas. Es un oficio de puntos y rayas, de manos pacientes y oídos finos, en el que un hombre se acostumbra a ser solo un conducto, una mano que recibe lo que otros piensan y lo entrega a otros que actuarán, sin que lo que cruza sus dedos le pertenezca jamás. Durante once años, Mariano Aguilar había sido ese conducto fiel en la estación telegráfica de Manila, y durante once años aquella invisibilidad había sido su única forma de paz. Hasta la madrugada en que un mensaje cifrado se negó a atravesarlo sin dejar herida.

Eran las tres de la mañana de un octubre húmedo de 1897, y la revolución, que un año atrás había estallado como un incendio en las provincias, ardía ahora a fuego lento, replegada, malherida, sostenida más por la terquedad que por la esperanza. Mariano trabajaba el turno de noche, el que nadie quería, porque a él le convenía la soledad y le convenía el silencio: era hijo de español y de filipina, mestizo de los que no terminan de pertenecer a ninguna de las dos orillas, y en aquellos días en que cada hombre debía elegir un bando, no elegir ninguno era un lujo que solo la noche y el telégrafo le permitían.

El mensaje entró pasada la medianoche, en clave militar, dirigido al jefe de una columna española destacada en el norte. No era asunto suyo descifrarlo; su deber era retransmitirlo tal cual, letra cifrada por letra cifrada, hacia su destino. Pero Mariano llevaba once años escuchando el tráfico secreto del ejército, y su oído había aprendido, sin proponérselo, los patrones de aquella clave como se aprende, sin querer, la letra de una canción que se oye mil veces. Para cuando terminó de copiar el mensaje, ya sabía, con un frío que le subía por los brazos, lo que decía.