La Boticaria de Toledo
Ella conoce las plantas, las dosis y los secretos de media ciudad. Eso la hace útil. Y también muy peligrosa para quienes prefieren que algunos enfermos no se recuperen.
Beginning
La primera vez que vinieron a por mí no traían cadenas, sino una pregunta, y aprendí esa mañana que una pregunta hecha por el hombre adecuado pesa más que cualquier cadena.
Me llamo Catalina de Soto y regento la botica que fue de mi padre, en una calleja estrecha del barrio viejo de Toledo, a la sombra de la catedral cuyos campanarios marcan mi vida desde antes de que yo naciera. Mi padre fue boticario con licencia, examinado y aprobado por el protomedicato, un hombre respetado al que media ciudad debía la salud y la otra media los partos. Murió hace dos inviernos, de unas fiebres que ni él ni yo supimos vencer, y desde entonces la botica es mía en todo salvo en el papel, porque el papel, en este reino, no se da a las mujeres. Yo conozco las plantas mejor de lo que las conoció él; me crié entre sus tarros y sus balanzas, aprendí a leer en sus recetarios y a pesar el peligro en una pizca de polvo. Pero soy mujer, y soy hija de conversos, y en el Toledo de hoy esas dos cosas juntas son un edificio levantado sobre arena.
Durante dos años, todos fingimos no ver lo evidente: que la botica seguía abierta, que la regentaba yo, que la gente seguía viniendo a por sus jarabes y sus emplastos y, en voz baja, a por consejos que ningún físico les daba o les daba demasiado caro. Toledo me necesitaba, así que Toledo miró hacia otro lado. Hasta aquella mañana de octubre en que un alguacil del Santo Oficio cruzó mi umbral, miró mis estantes con una atención que no era la de un enfermo, y me hizo, con voz cortés, la pregunta: si era cierto que yo, sin ser físico ni tener licencia, daba remedios y consejos sobre la salud de los cristianos de esta ciudad.