TellAria

La Casa del Eco

Al principio parece un eco extraño. Después, las palabras llegan con días de adelanto. Y luego empieza a escuchar su propia voz describiendo cosas que todavía no han ocurrido.

Beginning

La casa estaba al final de un camino que el GPS se negaba a reconocer. Subí durante una hora entre pinos negros y curvas cerradas, con la ciudad y mi editor cada vez más lejos, hasta que el bosque se abrió y apareció: una construcción de piedra gris, de dos pisos, con las ventanas estrechas y el tejado hundido en una esquina, como una persona que ladea la cabeza para escuchar mejor.

Había alquilado aquel sitio por una sola razón: el silencio. Llevaba ocho meses de retraso con mi novela, el dinero del adelanto ya gastado y una sensación constante de que las palabras se me habían secado por dentro. «Necesitas aislarte —me había dicho mi editor—. Un lugar sin distracciones. Sin gente. Sin ruido.» La Casa del Eco, decía el anuncio, ofrecía exactamente eso. En su momento, el nombre me pareció hasta poético.

Una mujer mayor me esperaba junto a la puerta. Se presentó como Aurora; cuidaba la casa y vivía en el pueblo, abajo, a veinte minutos. Tenía las manos ásperas y una manera de mirar que no terminaba de posarse en mí, como si vigilara algo justo detrás de mi hombro.